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Mar del Plata: torturado a los 9 años

Derechos Humanos 16 de septiembre de 2018 Por
"Un niño de nueve  años que grita en el piso de  una vereda de Mar del Plata mientras el policía, que se sintió amenazado en su  chaleco y sus botas  y su propio  armamento, lo  patea y lo golpea y piensa que es un terrorista o un mapuche o un desclasado  suburbial".
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Por Silvana Melo

(APe).- Mal viento viene del mar. Más si se calza uniforme y viene envalentonado por el oleaje de violencias legitimadas. No habrá imaginado  Matías, a los 9, Matías, que madura un poquito más lento que los otros y que juega como los otros y que apunta con el revolver de plástico sintiéndose un proveedor de  justicia justa para el mundo. No habrá imaginado Matías que el policía iba a bajar del patrullero con toda la violencia legitimada por el  que gobierna el pueblo, por la que gobierna el  territorio, por el que gobierna el país, por los ministerios y las ministerias de este tiempo. El policía, pertrechado con la violencia y el brazo fuerte y toda la carga de poder violentar y/o matar sin que eso  implique cuestionamiento oficial ni justicia amenazante ni condena social. El policía -no habrá imaginado Matías- que se bajó del patrullero, lo golpeó brutalmente, lo tomó del cuello y lo ahorcó con una remera.

Nueve años los  de  Matías. Nueve que son como seis o siete, con una pistola de plástico buscando una justicia rara, una que mire hacia el rincón de los chiquitos como él y no que sólo abrigue a los fuertes, a los poderosos, a los impunes titanes del mundo.

El policía los vio al mediodía de un sábado nublado, en el frío de Mar del Plata. Hombre de la bonaerense en una ciudad brava. Los vio  a los dos, a Matías de 9 y a su hermano de 12. Jugaban con el arma de juguete y él, el policía, dijo que Matías lo apuntó. Un peligro, Matías. Una amenaza social. Un niño es alguien de quien defenderse hace tiempo ya, pero en esta época oscura la infancia es una tierra a invadir y sojuzgar. Una tierra que se hambrea, se envenena, se balea, se violenta con paco y se desabriga en invierno.

Un niño de nueve  años que grita en el piso de  una vereda de Mar del Plata mientras el policía, que se sintió amenazado en su  chaleco y sus botas  y su propio  armamento, lo  patea y lo golpea y piensa que es un terrorista o un mapuche o un desclasado  suburbial –temibles figuras a devastar en la cultura represiva- que  irrumpió en su territorio. Y finalmente es un  niño de nueve años que en realidad  tiene cinco o seis  y que juega a la vida y la vida juega con él, sin que lo imaginara, el juego más cruel. Le propina a la bonaerense en el comienzo de  sus días  para que le adelante lo que vendrá si le quedan rebeldías  en el  cuello  machucado, en el  cuerpo herido y en el miedo atroz  que le quedó en el alma, pegado, quién sabe hasta cuándo.

El policía, que le dijo  a la madre de Matías que agradeciera que no se bajó con  el arma. Y que le enseñara a Matías que no hay que apuntar a un policía.

La denuncia penal y la inmediata intervención  de la Comisión Provincial por la Memoria son refuerzos institucionales para aminorar la  sensación horrible de que  la vida está en manos de  una red de violencias que se descargan como  chubascos sobre la fragilidad.

Lo demás es  el terror. El sometimiento de un niño, que es la capitulación de la infancia como patria sin orilla ni frontera.

Sólo queda, para Matías y las niñeces que se rompen como cristalitos,  buscar en las banquinas de esta vida a la ternura, única gloria que espera todavía. 

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