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¿A cuál nombre hacemos honor?

Ambiente 27 de julio de 2017 Por
Un artículo de Pablo Carabelli para Diario Nep / Otra Agenda. Profesor, integrante de la agrupación ambientalista GITSA.
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Uno de los más maravillosos servicios ecosistémicos es el “efecto esponja”. Siempre hemos sabido que la naturaleza nos brinda recursos naturales, pero sólo en los últimos años se ha reconocido que además nos ofrece invalorables servicios.

El “efecto esponja” no es un solo servicio, sino varios combinados. Los prestan las masas forestales, es decir bosques y selvas, que con su sola existencia:                                                                                    

a) Regulan el régimen hídrico, es decir el monto y la frecuencia de precipitaciones (reduciendo la posibilidad de sequías e inundaciones), al retener agua de lluvia y establecer un “ciclo corto” de la molécula vital por excelencia.                                                                                                                   

b) Disminuyen la amplitud térmica, o sea la diferencia entre las temperaturas mínimas y máximas.

c) Previenen los corrimientos de tierras, o aludes (luego de intensas lluvias).

Cuando se deforesta el “efecto esponja” se reduce o anula. En la provincia de Córdoba hubo gravísimas inundaciones, cada vez más frecuentes (por ejemplo en el año 2015), y prestigiosos especialistas como el biólogo Raúl Montenegro han aseverado que una de las causas de esos desastres climático-sociales es la pérdida del 95% del bosque nativo cordobés a lo largo del siglo XX y comienzos del siglo XXI.

En estos días, un informe de Greenpeace nos hace saber que seguimos perdiendo el escaso “efecto esponja” que nos quedaba, ya que la superficie boscosa desmontada entre enero y junio de 2017 fue de más de 45.000 hectáreas en las provincias de Salta, Santiago del Estero, Chaco y Formosa. Lo más penoso es que casi la mitad de esa superficie talada estaba protegida por la Ley de Bosques, que clasifica las áreas forestadas con distintos colores: rojo (Categoría I) y amarillo (Categoría II). Las hectáreas que en el ordenamiento territorial de bosques nativos están pintadas  de rojo son parte de Parques Nacionales y Provinciales, además de bosques ribereños, y no fueron respetadas en Chaco (en la región de transición entre el Chaco Seco y la selva de Yungas), sobre todo en el Chaco Seco, donde hay muchas especies de animales en peligro de extinción. Las hectáreas pintadas de amarillo  están en zonas en las que viven comunidades y el desmonte puede ocasionar conflictos sociales. Los colores en un mapa no importan frente a la codicia de empresarios que sólo aprecian un tipo de verde: el verde dólar. Es el mismo color que moviliza a los funcionarios públicos que deberían frenar esa codicia y en vez de eso la acompañan. Desde Greenpeace se denuncia que el Estado nacional impulsó un proyecto de ganadería que anuncian “sustentable” pero que en realidad es todo lo contrario, porque se elimina el sotobosque de manera irreversible.

Otra bióloga, llamada Lynn Margulis, mundialmente reconocida por sus aportes al conocimiento de la evolución celular, rebautiza (“un poco en broma”, aclara en el prólogo de uno de sus libros) a la especie humana como Homo insapiens insapiens, es decir “ser humano sin sabiduría, sin sabor”. Todos sabemos que nuestro nombre científico es Homo sapiens, pero, ¿a cuál denominación tributamos con la destrucción de aquellos ecosistemas que nos brindan servicios tan valiosos como irrecuperables cuando los perdemos?

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