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Los últimos días de Monseñor Romero

Derechos Humanos 14 de octubre de 2018 Por
Por Eduardo Galeano. El asesino llega a la iglesia escoltado por dos patrulleros policiales. Entra y espera, escondido detrás de una columna. Romero está celebrando misa. Cuando abre los brazos y ofrece el pan y el vino, cuerpo y sangre del pueblo, el asesino aprieta el gatillo.
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Por Eduardo Galeano 

1978
San Salvador
Romero 

 El arzobispo le ofrece una silla. Marianela prefiere hablar parada. Siempre viene por otros; pero esta vez, Marianela viene por ella. Marianela García Vilas, abogada de los torturados y los desaparecidos de El Salvador, no viene esta vez en busca de la solidaridad del arzobispo para alguna de las víctimas de D'Aubuisson, el Capitán Antorcha, que tortura con soplete, o de algún otro militar especializado en el horror. Marianela no viene a pedirle ayuda para ninguna investigación ni denuncia. Esta vez, tiene algo personal que decirle. Con toda suavidad, cuenta que los policías la han secuestrado, atado, golpeado, humillado, desnudado —y que la han violado. Lo cuenta sin lágrimas ni sobresaltos, con su calma de siempre, pero el arzobispo Arnulfo Romero jamás había escuchado estas vibraciones de odio en la voz de Marianela, ecos del asco, llamados de la venganza; y cuando Marianela calla, el arzobispo, atónito, calla también.


 
 Después de mucho silencio, él empieza a decirle que la Iglesia no odia ni tiene enemigos, que toda infamia y todo contradiós forman también parte del orden divino, que también los criminales son nuestros hermanos y que por ellos debe rezar, que debe perdonar a sus perseguidores, que debe aceptar el dolor, que debe... Y de pronto, el arzobispo Romero se interrumpe. Baja la mirada, hunde la cabeza entre las manos. Mueve la cabeza, negando, y dice:


 
 —No, no quiero saber.

1978
San Salvador 


La revelación

 —No quiero saber —dice, y se le rompe la voz. 

 El arzobispo Romero, que siempre da consuelo y amparo, está llorando como un niño sin madre y sin casa. Está dudando el arzobispo Romero, que siempre da certeza, la tranquilizadora certeza de un Dios neutral que a todos comprende y a todos abraza. 

 Romero está llorando y dudando y Marianela le acaricia la cabeza.



1980 
San Salvador

La ofrenda


 
 Hasta hace un par de años, sólo se entendía con Dios. Ahora habla con todos y por todos. Cada hijo del pueblo atormentado por los poderosos es el hijo de Dios crucificado; y en el pueblo Dios resucita después de cada crimen que los poderosos cometen. Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador, abremundo, rompemundo, nada tiene que ver ahora con aquel titubeante pastor de almas que los poderosos aplaudían. Ahora el pueblo interrumpe con ovaciones sus homilías que acusan al terrorismo de Estado.


 Ayer, domingo, el arzobispo exhortó a los policías y a los soldados a desobedecer la orden de matar a sus hermanos campesinos. En nombre de Cristo, Romero dijo al pueblo salvadoreño: Levántate y anda.


 Hoy, lunes, el asesino llega a la iglesia escoltado por dos patrulleros policiales. Entra y espera, escondido detrás de una columna. Romero está celebrando misa. Cuando abre los brazos y ofrece el pan y el vino, cuerpo y sangre del pueblo, el asesino aprieta el gatillo.
 

Eduardo Galeano - Memoria del Fuego III. El siglo del viento.

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