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Hacete Hombre

Géneros 20 de octubre de 2018 Por
El periodista reflexiona de las practicas machistas a partir de la última tapa del Diario Olé. "Romper con la masculinidad hegemónica implica, necesariamente, alejarse de la violencia", apunta.
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HACETE HOMBRE

Por Francisco Paladino/Periodista 

¿Cómo llega un hombre a tirarle aceite hirviendo en la cara a la que fue su compañera de vida durante los últimos cinco años?

Cuando empezamos el proceso de revisar nuestras propias prácticas machistas, impulsados por nuestras compañeras, no podíamos creer que alguien pudiese llegar a semejante barbaridad. Pensamos que era un enfermo. Sospechamos que tendría que estar encerrado en un loquero.


Después, a medida que fuimos avanzando y adquirimos nuevas herramientas, pudimos ver que el tipo que hace una salvajada así no está tan lejos de nosotros. Fue horrible. Tuvimos miedo. Nos sentimos culpables.
Descubrimos que la misoginia se nos enseña desde chiquitos.

Enfrentamos, no sin ciertos resquemores, la construcción social de la masculinidad.

“A golpes se hacen los hombres”, tituló el diario Olé al día siguiente de la derrota argentina 0-1 ante Brasil, una joven selección que está empezando a rodar tras el pase a retiro de casi toda la generación plateada.
No es casualidad que el mismo diario que hasta el día de hoy mantiene la sección “la diosa”, donde muestra una mina en tanga sin mayores explicaciones, nos venga a decir que para ser hombre hay que golpearse. Siempre nos golpeamos, golpeamos y nos golpearon. Desde que tenemos memoria transitamos con naturalidad la violencia física. En el deporte, en la escuela, en la calle. Las mujeres están exentas, claro, la violencia es cosa de hombres.

Para los que no querían entrar en el juego del toma y daca teníamos reservadas algunas de las palabras favoritas del machismo: “puto”, “maricón” y, la mejor de todas, “mujercita”. Porque lo peor que te puede pasar si sos varón, nos enseñaron, es parecer una mujer. Ya sea por la manera en que tu culo entra en juego cuando cogés o por la actitud que tenés ante otros varones.

Varón no se nace, varón se hace. Y para peor, se hace todos los días. A cada paso tenés que comprobarles a los otros varones, dueños de todo, cuán varón sos.

Como explica Rita Segato en “Pedagogía de la crueldad…”, “el mandato de masculinidad obliga al hombre a comprobar, a espectacularizar, a mostrar a los otros hombres para que lo titulen como alguien merecedor de esta posición masculina: necesita exhibir potencia”.

Y a la hora de exhibir potencia los límites se van difuminando. En la adolescencia les tocábamos el culo a las chicas en los boliches. Después nos cagábamos a piñas con alguno por cualquier pavada para mostrar que éramos fuertes. De más grandes empezamos a gritar en las discusiones para imponer nuestra voz. Un día, como si nada, forzamos a nuestra novia a coger aunque no quiera, porque nuestros deseos son más importantes que los de ella.

Así se reformula la violencia a lo largo de nuestras vidas, como parte necesaria de la masculinidad.

¿Se puede romper con el mandato?

Es un bajón, pero sí.

Es obligatoria una autocrítica de la forma en que construimos nuestras masculinidades. El problema fundamental reside en que cuando intentamos cambiar las formas de relacionarnos, el resto no va a ir al mismo ritmo.

Entonces nos tenemos que enfrentar a ser los “putos”, los “maricones”, los que hacen todo lo que hacen para poder cogerse a tal minita. Las estructuras se defienden con las mismas armas de siempre. Porque son tipos que tienen los mismos privilegios que nosotros, pero se niegan a resignarlos así nomás. Ni siquiera se dan cuenta de que los tienen, y no se puede reflexionar sobre lo que no se ve.

Veamos, pues, cómo la violencia nos es inducida. Pensemos un rato qué nos está diciendo el diario Olé. Evaluemos si queremos seguir pegándonos y golpeándonos. Seamos conscientes de que la violencia con la que crecimos daña al resto, pero también a nosotros mismos.

Romper con la masculinidad hegemónica implica, necesariamente, alejarse de la violencia.

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