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Amigos para siempre.

Especiales 21 de octubre de 2018 Por
Un cuento de Juan Pablo Añino.
cuentoañinoweb

Estaba el sauce inclinado sobre un manso río en el que se veían peces dorados. Dejaba caer sus lacias ramas para que tocaran el agua suavemente. Pasaba las tardes escuchando el sonido cantarino del río, que se acercaba o se alejaba según como dispusiera sus oídos hacia el valle o hacia la montaña. Todos los días, apenas el sol se asomaba en el horizonte, el árbol acostumbraba a cantar melodías matinales con sus suaves hojas. Esa mañana lo había sorprendido cantando una canción azarosamente dulce, que de tan dulce, al árbol le daba recelo cantarla por temor a romper la fragilidad de su secreto.

De pronto, una ranita trepó la empinada barranca del río y se acercó al árbol con paso decidido aunque bastante torpe. A cada saltito que daba, parecía que se iba a tropezar, ya que sus brinco eran demasiado impetuosos.

- ¡Hola! – le dijo la rana al árbol - ¿por qué eres tan nudoso y te inclinas tanto hacia el agua?

- ¡Hola! – la saludó el árbol. Soy así de nudoso porque he vivido mucho tiempo; y me inclino hacia el agua porque me atrae acariciar el húmedo cabello de río y soñarle los ojos cuando llega el atardecer, con los lentos movimientos de mi danza.

La rana movió afirmativamente la cabeza y volvió al río a nadar plácidamente con sus patas de rana. ¡Cuánto más le gustaba eso que andar en la tierra!

Al día siguiente, la ranita volvió a visitar al árbol y se fueron acostumbrando los dos a conversar todos los días. Pasó el tiempo y se hicieron amigos la rana y el árbol. Pasó más tiempo y la rana se hizo grande. Pasó más tiempo aún y la rana se hizo vieja.

Un día otoñal, cuando ya estaba por empezar el invierno, la rana se acercó nuevamente al árbol y le dijo:

- Voy a morir. He tenido muchos hijos y una buena vida en este río acunador. Quiero agradecerte tus amistosas palabras, que me han acompañado y me han guiado toda la vida.

El árbol entonó una canción de brisa que luego se transformó en viento, y bailó luego al compás de una repentina tormenta. Y la rana murió. Al pie del árbol. En un hueco que su tronco cubrió por completo con el paso de los largos años.

Dicen algunos caminantes que suelen sentarse a la orilla del agua, que los ojos de la rana miran desde el tronco del árbol las mansas aguas del río.

GIF REMERA CATALEJO

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