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Derechos Humanos 03 de noviembre de 2018 Por
Bajo el lema “Nuestra libertad es su amenaza. Construyamos el nosotres”, se desarrolla en Chapadmalal, el 17 Encuentro de Cierre del programa Jóvenes y Memoria. Como desde hace varios años, distintos grupos de trabajo de Trenque Lauquen viajaron hasta allá para mostrar sus producciones.
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Chapa 2018 - Trenque Lauquen

Por Leticia Badino

Chapadmalal se llega en un micro lleno de jóvenes. Se duerme poco y se comparte todo. Pero principalmente se charla. Todo el tiempo, todo el mundo, está hablando en Chapadmalal. Los sentidos se te meten por las orejas mientras caminas por los pasillos, cuando te sentás en el comedor, cuando mirás alguna producción audiovisual o disfrutas de las obras de teatro.

“Nosotros somos de José León Suarez, del CENS que está en la parroquia del Padre Pepe, y es la primera vez que venimos. Le vamos a agradecer al padre Pepe porque ayuda a todos los chicos que están en la calle. Y a la seño Flor, que se animó a traernos”. Así me cuenta Flavia, una joven de 20 años, mientras comemos arroz con pollo. Me dice también que, para poder viajar, dejó a su hija de 5 años con su mamá y que algunos compañeros no pudieron venir. Me señala a la compañera que tiene al lado (bastante más grande que ella) y me dice que esa compañera es la cocinera en el comedor de la Parroquia. Sonríen. Se hacen chistes. Están felices. Mas tarde me encuentro a la seño Flor en en el pasillo. “No sabés lo sorprendida que estoy. Flavia no habla nunca. No puedo creer todo lo que está hablando acá”. Sonreímos. Sabemos.
Nadie sale igual de Chapadmalal.

En una de las presentaciones, otro grupo se planta para defender la escuela pública. Nos cuentan que su bachillerato corre riesgo de cerrarse. Nos dicen lo importante que es para ellos. Las oportunidades que garantiza a muchos adultos castigados por la injusticia. Nos invitan a preocuparnos. A estar con ellos, y con todos los otros que están en la misma, que no son otros que nosotros, los que sostenemos la escuela publica.
En una exposición sobre trabajo infantil, el hombre que habla y sostiene que los niños deben jugar y reír, se quiebra y con la voz temblando dice: “Disculpen, yo tengo hijos”

El tiempo en Chapa es distinto. Pasan tantas cosas en no tantas horas que uno se vuelve con un revoltijo de sentidos, emociones y memorias que empieza a desentrañar de a poquito cuando se acaba el cansancio. Por eso se puede decir que Chapa dura siempre. Dura toda la vida.

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Desde la cama de la habitación que comparto con mis compañeras, detrás de la puerta escucho a una de mis estudiantes conversar con un chico de otro grupo. Hablan sobre el aborto. Ella le habla de falta de oportunidades, de mujeres sin educación y sin apoyo. Él aporta su pensamiento. Mueven sus ideas, se contraargumentan, piensan juntos.
Mientras una de las chicas toma el micrófono, el resto se sube al escenario y toma posición. Ponen el cuerpo para contar, para interpelar a chicos y chicas de otros distritos de la provincia, ponen ahí todo lo que pensaron e investigaron durante el año, y lo que sienten. Despliegan sentidos. Hablan.

Siempre se encuentra un momento para escaparse hacia el mar, y acurrucadas, entre mate y mate las profesoras ponen ideas en juego. Desde lo profundo se dice lo que se piensa. Se analiza el contexto. Se confronta con amor y respeto. “Hay causas para las que no hay pueblo”, sentencia una de ellas cuando se va cerrando la charla. Después, varias horas después, a esa misma se le ocurre que para eso está Chapa. Que para eso se está ahí. Que por eso se ama la escuela pública y se la defiende con uñas y dientes. Para que todas las causas justas tengan un pueblo bien grande que las transforme en una bandera por la que luchar.

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