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Un privilegio raramente colectivo

Derechos Humanos 14 de diciembre de 2018 Por
Lo que se escribe a continuación es personal, pero va más allá de uno. Por Pablo Carabelli, presidente de la Comisión por los Derechos Humanos de Trenque Lauquen.
foto elena

Ser considerado un “hijo de la vida” por Elena fue (es) una distinción que esta mujer extraordinaria generalizó, yendo como tantas otras Madres desde la tragedia individual y familiar a un reclamo y lucha colectivos, por los 30.000 detenidos desaparecidos, por la Memoria, la Verdad y la Justicia para la humanidad toda.

Cuando un ser humano es realmente solidario no practica una caridad focalizada en unos pocos a los que regala lo que le está sobrando. Elena derramaba un afecto que, si bien no era indiscriminado (porque había quiénes la enojaban con su mezquindad), tenía el caudal suficiente para alcanzar a muchísimos, tanto conocidos como desconocidos (pero necesitados de una mirada compasiva, de aquel que mira siendo par y no observa desde un supuesto arriba a un menospreciado abajo).

Supimos construir un sólido vínculo, a partir de un contacto esporádico pero extendido a lo largo de 18 años, que a los dos nos hizo bien. Al principio hubo de su parte algunos “rezongos”, porque cuando hacía sus clásicas recorridas por el centro, charlando con muchos vecinos que le demoraban la vuelta a casa a puro diálogo, recogía críticas hacia la labor de la Comisión, emanadas de ese prejuicio (superficial, empapado de ignorancia) de muchos ciudadanos que consideran que “sólo defendemos delincuentes”. Una rápida explicación de los motivos de tal o cual actividad (el repudio a los apremios ilegales sufridos por Gustavo Morard de parte de efectivos policiales en 2001, por ejemplo) la tranquilizaba y volvía a su habitual trato cariñoso y risueño.

Sobre todo en los últimos años, cuando ya sus achaques le empezaron a impedir la presencia en Marchas y Actos, en las pasadas que hacía por su casa a saludarla (y eventualmente llevarle el reflejo periodístico de lo que habíamos hecho) me repetía que yo era para ella “como un hijo más” (añadiendo enseguida la pregunta de cómo estaba mi familia, y los saludos plenos de afecto para mayores y menores del núcleo familiar).

¿Cuántas personas fuimos considerados y tratados por Elena Taybo de ese modo profundamente amoroso?  Seguro que muchísimos, aunque tal vez sin que Elena explicitara cómo consideraba al que tenía enfrente. Tuve el privilegio de escucharle decir esas mágicas palabras (“sos como un hijo para mí”) muchas veces. Una distinción que el amor inconmensurable de Elena volvió colectiva, un recuerdo con el cual uno transitará reconfortado el resto de la existencia, como si hubiera obtenido la más valiosa de las medallas.

GIF REMERA CATALEJO

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