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"Morite, peronista hijo de puta"

Derechos Humanos 15 de marzo de 2019 Por
No iba a ser un día normal. Se olfateaba en el aire caluroso de ese diciembre. Los invencibles estaban vencidos. La derrota de Malvinas había dado por tierra sus apetencias de perpetuarse y ahora todo se les hacía cuesta arriba. La dirigencia política se envalentonaba y pedía elecciones “antes que sea tarde”. Los trabajadores y el pueblo peronista estaban de pie nuevamente, como en otros episodios de la historia. “Luche y se van” era la consigna popular. El reloj inexorablemente marcaba el final de la dictadura más sangrienta.

Por Pepe Berra/ Periodista. 

 

No iba a ser un día normal. Se olfateaba en el aire caluroso de ese diciembre. Los invencibles estaban vencidos. La derrota de Malvinas había dado por tierra sus apetencias de perpetuarse y ahora todo se les hacía cuesta arriba. La dirigencia política se envalentonaba y pedía elecciones “antes que sea tarde”. Los trabajadores y el pueblo peronista estaban de pie nuevamente, como en otros episodios de la historia. “Luche y se van” era la consigna popular. El reloj inexorablemente marcaba el final de la dictadura más sangrienta.


Cercaron 96 manzanas para evitar que las columnas obreras y de la JP llegaran a la plaza del pueblo. Había clima de rebeldía y de represión. La marcha por la Vida, así la había llamado la multisectorial de partidos políticos. Diez minutos duró el acto de los dirigentes. Demasiado poco para tanto oprobio que se vivía. Apurados pusieron violín en bolsa. Anochecía sobre la plaza. Mientras unos se iban; por Diagonal Norte, Diagonal Sur y Avenida de Mayo, comenzaron a llegar los trabajadores de la CGT de calle Brasil, con Saúl a la cabeza, y los muchachos de la jotapé. 


Los milicos quisieron frenarlos. Escaramuzas, represión, reorganización y avance de nuevo. La bronca nutría las entrañas de esa multitud que avanzaba imparable. Los federales y los milicos terminaron desbordados y emprendieron una rápida carrera para refugiarse puertas adentro de la Casa Rosada. El vallado cedió, la muchedumbre avanzó. Tres jóvenes del peronismo revolucionario recogieron una de las vallas y fueron sobre las puertas de la Rosada. Intentaron, vanamente, tumbarla. No pudieron. Pero en cada golpe contra la madera maciza, temblaba la dictadura. Esa imagen era el símbolo de los genocidas en retirada. Ya nada sería como entonces. Los trabajadores, los muchachos peronistas que venían derrotados, diezmados, recomponían sus fuerzas y ponían, de nuevo, una victoria en el horizonte.


La represión fue brutal ese 16 de diciembre de 1982. Entre la bruma de los gases lacrimógenos, en la esquina del Cabildo, un obrero peronista, Dalmiro Flores, estaba tendido en el piso. Desde un Falcon verde, a 5 metros de distancia y por la espalda, un policía le disparó. Las últimas palabras que se escucharon, antes de desplomarse, fueron: “Morite, peronista hijo de puta”.

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