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"¿Qué quieren que me quede quieto?"

Derechos Humanos 23 de marzo de 2019 Por
Tal vez quisieron robarse su memoria, la que está ahincada en cada hachero, en cada campesino, en cada hombre y mujer del surco que lucha por un mañana mejor.

Por José Luis "Pepe" Berra/ Periodista 

Periódicamente pasaba por mi casa. La usaba como una posta para seguir viaje hasta su querido norte santafesino. Llegaba a la tardecita y nos trenzábamos en interminables charlas de política, de la cárcel, del exilio. Me acuerdo que cuando le preguntaba si seguía siendo cura, él divertido me respondía: “Sí, el obispo nunca me dio la baja y yo nunca la pedí”, aunque aclaraba que por ese pacto de caballeros estaba alejado del oficio sacerdotal. Claro, era difícil de entender porque ya tenía su familia con Coca y Alejandro, su hijo del corazón, con los que vivía en el conurbano bonaerense y, desde donde, dos o tres veces al año se descolgaba para Villa Ana.


En ese entonces, los inicios del retorno a la democracia, yo vivía en la ciudad de Santa Fe y era una parada excelente donde el Rafa Yacuzzi aprovechaba para quedarse a pasar la noche y, a la mañana siguiente, descansado partir para reencontrarse con los trabajadores rurales, los campesinos, los olvidados.
Me hablaba de personas, de hechos. Algunos que conocía y otros que de tantos nombrarlos eran casi conocidos. Todos luchadores. El Cacique, Aníbal, el Lolo, la monja Guillermina, el Pelado y tantos otros. Me contaba que andaba en un proyecto “porque en Villa Ana se necesita trabajo”, la cooperativa El Quebracho Colorado.


Villa Ana es uno de los tantos pueblitos del norte santafesino que nació y creció a la sombra de La Forestal. Cuando el tanino dejó de ser un negocio para los ingleses, el pueblo se fue secando. Todavía hoy, queda la fantasmal imagen de la fábrica deshabitada, sin techo, ganada por la maleza pero con la imponente chimenea de 65 metros erigida como testigo de esa época donde la empresa tenía su propio ferrocarril, su puerto, su policía y su moneda (los vales) con que pagaba para que los obreros los gastaran en sus almacenes.
Entre esos obreros del surco, en esos montes donde los explotados claman justicia, en ese territorio de pobreza extrema; el cura Yacuzzi se encontró con “El rostro de Dios pisoteado en cada hachero oprimido”, como diría Rodolfo Walsh. Muy joven asumió ese compromiso social y supo de qué lado tenía que estar.


Rafael era un tipo corpulento, alto, con entradas pronunciadas que alentaban una incipiente calvicie, un bigotito fino le surcaba el labio superior y una bondad, una humildad que dejaba trasuntar en ese tono campechano y franco con el que hablaba. Era muy llano, nada rebuscado.


Su mente volaba recordando cuando recaló como párroco de Villa Ana, seguramente castigado por su compromiso social. Rememoraba sobre su opción por los pobres, “Me trajo el rechazo de los más poderosos. Así como, en su momento, había sentido el llamado de Cristo, sentí el llamado de la gente”. También su vinculación con la política. Solía contar que, en algún momento, se definía como apolítico hasta que un día un hachero le dijo: “Usted actúa como peronista” y entonces descubrió “algo muy simple: que yo estaba con el pueblo y el pueblo era peronista”. Así se abrazó al peronismo. 


Por esos tiempos, conoció a un joven abogado, defensor de los derechos de los trabajadores, con el que se ocuparán de la creación de la seccional Fortín Olmos de FATRE. Era Roberto Perdía. También con él y otros muchachos, justo el día de la muerte del Che, deciden formar un grupo político militar. El lugar de esa secreta reunión será en el salón parroquial, a pocos metros de la Iglesia de la localidad. Nacía una proto agrupación que daría lugar a los Montoneros en el norte santafesino.


En 1969, la Argentina ardía. En Villa Ocampo, ciudad a poco menos de 30 km de Villa Ana, cerraba sus puertas el ingenio azucarero Arno, la principal fuente de empleo. La pueblada se organiza rápidamente en defensa del trabajo. Tiene dos columnas: el cura Rafael Yacuzzi y el dirigente de la CGT de los Argentinos, Raimundo Ongaro. Organizan La Marcha del Hambre que consistía en recorrer caminando casi 600 km hasta la capital santafesina, para instalar una olla popular frente a la Gobernación. El 11 de abril el pueblo ocampense sale a la calle y se larga la caminata que tendrá un final corto y anunciado, cuando, al llegar a la ruta 11, los esperaba la Guardia rural Los Pumas. La represión no se hace esperar. El Ocampazo será el primer estallido en ese revolucionado año argentino. Rafael y Ongaro logran evadir su pedido de detención. El sacerdote pasará, junto a otros de los buscados, escondido un par de meses en el monte. En julio le escribe una carta abierta al dictador Onganía: “Ya avanzan los pobres desde todos los lugares; los acompañan los jóvenes, los saludan los viejos, los esperan sus hijos. General Onganía, sus armas ya no serán suficientes. La justicia que impulsa la lucha del Pueblo encontrará el modo de derrotar a sus fusiles. Dios se apiade de Ud.”.



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A medida que crece su compromiso social y político, sobreviene su persecución por parte de los señores del poder. La semi clandestinidad, los agravios, la cárcel. Él lo explicará sencillamente en la revista Así: “No me preocupa lo que pueda decirse de mí, ni las medidas que tomen. Yo estoy viendo las calamidades que afligen a mi gente. El monte no es para vivir, sino para morir, una muerte lenta, pero no se trata del destino de toda persona, sino que allí parece buscado. ¿Qué quieren que me quede quieto?”

 


Los albores del retorno de Perón lo encuentran construyendo las Ligas Agrarias, un movimiento gremial campesino que constituyó una de las mayores experiencias organizativas rurales del norte argentino. Años más tarde dirá: “Más allá de los resultados, nada de eso fue inútil. Fueron semillas que con el tiempo dieron y seguirán dando frutos porque siempre hay y habrá gente luchando por sus derechos y por los derechos de todos”.


La primavera del ’73 durará poco. Con los genocidas vuelve la persecución. Lo detienen en un obraje. Luego de unos meses en las cárceles de Coronda y La Plata, la jerarquía eclesiástica logra que lo destierren. Marcha al exilio. Se suma al consejo superior del Movimiento Peronista Montonero en Roma. Forma su familia pero no se olvida de su terruño y su gente, “Cada vez que veíamos un mapa de Argentina, buscábamos si aparecía Villa Ana y si no, trazaba una línea imaginaria con el dedo desde Villa Ocampo para encontrarla”, contará su hijo Alejandro.


Unas semanas antes que el país ardiera en ese diciembre de 2001, la enfermedad se lo llevó. Un tipo íntegro, comprometido con el Dios de los humildes y con el tiempo que le tocó vivir. En 2003, el entonces gobernador Obeid, dispuso que el tramo de la ruta provincial 32 que une Villa Ocampo con Villa Ana, lleve su nombre. En noviembre de 2012, casi 10 años después, se puso la señalización a la vera de esa ruta. En febrero de 2013, el Movimiento Evita de Villa Ocampo hizo pública la denuncia de que el cartel que señalizaba la Ruta N° 32 como Ruta “Rafael Yacuzzi” fue robado. Tal vez quisieron robarse su memoria, la que está ahincada en cada hachero, en cada campesino, en cada hombre y mujer del surco que lucha por un mañana mejor. Ese futuro al que Rafa, el cura montonero, se dedicó por entero.

 

 

 

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