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Mi abuelo Pepe

Especiales 19 de mayo de 2019 Por
Una tremenda explosión y los gritos desgarradores se apoderaron de la escena. La nave, en su descenso a tientas, había chocado contra una draga fondeada a unos mil quinientos metros de la costa. El cuatrimotor se partió en dos. En unos segundos, la parte inferior desapareció tragada por el Río de la Plata.

Por Jose Luis "pepe" Berra/ Periodista y escritor.  

El hombre estaba por abordar el hidroavión. Había neblina esa mañana en Rosario. La nave sobre el río marrón, apenas se distinguía en la bruma. Iba a pasar el cumpleaños con su hijo, que vivía temporalmente en Buenos Aires. Su equipaje era austero: una muda de ropas, uno de los pollos que criaba y un salame de campo para el festejo. Cuando podía, le gustaba viajar en el sector de abajo, cerca de la cabina. Así había sacado el pasaje pero, por pedido de la azafata, dejó su lugar a una pareja para que viajaran juntos. A regañadientes se dirigió al último asiento del piso superior del aparato.


El trayecto lo realizaba la aerolínea ALFA (Aviación del Litoral Fluvial Argentino), una sociedad mixta que cubría regularmente las ciudades de la Mesopotamia, desde Asunción del Paraguay hasta la capital federal. Ese día, el viaje a bordo del hidroavión “Uruguay” fue normal y tranquilo. Pero al intentar acuatizar en el apostadero de la Dársena F de Puerto Nuevo, una densa niebla se prodigaba sobre la costanera de Buenos Aires. El piloto fue descendiendo en busca de la visión del agua, tratando de orientarse para dirigirse a destino. 


Una tremenda explosión y los gritos desgarradores se apoderaron de la escena. La nave, en su descenso a tientas, había chocado contra una draga fondeada a unos mil quinientos metros de la costa. El cuatrimotor se partió en dos. En unos segundos, la parte inferior desapareció tragada por el Río de la Plata. Sólo los que iban en la parte superior lograron escapar a la tragedia. Uno de los sobrevivientes dirá que se salvaron gracias a no haber ajustado del todo los cinturones de seguridad porque, como viajaban seguido, estaban acostumbrados al golpe del avión en el agua. Eso les permitió aferrarse de un ala hasta que llegó el auxilio. Sin embargo, en el caso del hombre fue el cinturón el que lo salvó, ya que lo sostuvo amarrado al asiento, mientras quedaba cabeza abajo apuntando hacia el agua.


“Catástrofe aérea en la niebla”, será el título de Clarín del día posterior. Fue el primer accidente de magnitud de la aeronavegación comercial en el país. Los diarios hablaban de 18 víctimas fatales y 5 sobrevivientes. El Litoral, de Santa Fe, contará en sus primeras narraciones que en el Hospital Fernández, además de los heridos, uno de los cadáveres identificados tenía las iniciales J.L.B, las mismas letras del nombre y apellido del hombre.
Un día, unas horas, un rato, lo dieron por muerto. Las noticias eran confusas y contradictorias. La empresa no hizo ningún comunicado ni dio la lista de los pasajeros. A cuenta gotas llegaba la información, tanto que, cuando a una de sus hijas, le dijeron que estaba “Ileso”, lo interpretó como que “estaba muerto pero entero”. Mientras lo lloraban, el hombre se reencontraba con su hijo en el hospital Anchorena, donde había sido llevado con una herida en la frente solamente.


La aerolínea ALFA, a poco de un año más tarde, se fusionaría con otras tres líneas aéreas para dar lugar a la empresa Aerolíneas Argentinas. Ese hombre que un 29 de julio de 1948, a las 9,15, salvó milagrosamente su vida era mi abuelo Pepe.

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