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No es un ritual, es un grito

Géneros 12 de junio de 2019 Por
Arrancó junio y nosotras ya estamos en las calles. El quinto Ni Una Menos volvió a poner en agenda las violencias cotidianas que enmarcan nuestras trayectorias. La necesidad de poner los cuerpos ante este duelo colectivo para visibilizar la potencia de esta rabia organizada.
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Por Lila Magrotti Messa

Una bandera avanza, cruza la 9 de Julio y encara hacia Plaza de Mayo. Sobre un fondo rosa se multiplican los lazos negros, mes por mes, los lutos, las ausencias, lo violento, la sangre derramada, todo eso que -de algún modo- dejó de existir y que al mismo tiempo está tan vivo en nuestras furias. ¿Cuántas historias caben detrás de cada uno de esos nombres? La finitud es algo que marca nuestros días, que se cuela en nuestros pensamientos, como humanidad nos hemos dedicado a ponerle nombres, a hacerla narrable, a pretender entender qué hay después, a ensayar sobre el cielo, el infierno, las reencarnaciones, pero ¿qué es la muerte cuando sucede tan sistemática, tan ensañada, tan estructural? ¿qué es vivir en este contexto? ¿salvarse de una red de trata? ¿sobrevivir a una relación de pareja? ¿tener suerte y no ser violada, ni apuñalada, ni quemada? ¿qué es estar vivas cuando nos faltan tantas otras, cuando nos duele, cuando extrañamos?

fae1fd9a-3f27-4709-bdb0-c7f12e73cb7fEstar vivas es, en parte, poder salir a las calles en todo el país, en cada territorio, llenar de sentido cada plaza, poder gritar ni una menos sabiendo que eso supone tantas otras cosas. Desde la primera marcha masiva hasta ésta, año a año se fue complejizando el sentido del Ni Una Menos, al principio parecía más un luto general y solemne que un grito de lucha, que un basta, que un poner en juego todo el entramado responsable de las desapariciones, de los feminicidios, de los travesticidios. Desde ese momento, donde incluso presentadores de TV decían “ni una menos” sin ver el trasfondo de lo que supone aquello que produce su show en el horario de la cena, hasta este ahora en que salimos a las calles para dejar en claro que gritar que Ni Una Menos supone además estar diciendo que el FMI deje de gobernar nuestros futuros, que se implemente la ley ESI, que la interrupción legal del embarazo se respete y que se apruebe su interrupción voluntaria y segura. Salimos a decir que este sistema judicial es misógino, salimos a las calles porque nos alarma la escalada represiva de este gobierno, las prácticas de crueldad civiles, las inseguridades múltiples.

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Si hay algo que aprendimos en estos años es a no dejar pasar ninguna, a mirar ampliamente aquello que engrosa lo que nos mata, nos precariza, nos asfixia, nos endeuda. 

Aprendimos a hacerle otras preguntas a las estructuras, a marcarlas de cerca, a visibilizarlas. Aprendimos a hacer otras cosas con lo que hay, a pensar otros posibles, a buscarles las vueltas. Entendimos que una estrategia feminista no es la que pierde rápido al jenga sino la que juega creando otras reglas. Si Sofovich intentaba con destreza que la estructura existente aumente y no caiga, el feminismo se propone atacar las bases primero porque sabe que las piezas se acomodan dulcemente entre sí, una sobre otra.

Sabemos que para bramar Ni Una Menos tenemos que sacar la pieza que dice clandestino, inseguro, ilegal y poner otra que diga interrupción voluntaria del embarazo. Enraizando en ese acto una lucha histórica en torno a nuestras soberanías. Queremos que ningún cuerpo gestante muera en abortos inseguros, pero además de eso, que la decisión de gestar o no escape de los límites que puede ponernos la situación económica, por eso se ataca a la pieza de madera que nos empobrece, que nos endeuda y que nos quiere hacer creer que criar dignamente es algo a lo que no podemos acceder por “culpa” de nuestras precariedades, color de piel, lugar de nacimiento, mientras nos aclara que Maru Botana puede tener los hijos que quiera, sobre todo porque ella si puede pagar su crianza. Esa pieza, la que nos hace eternas deudoras, dependientes, desiguales, la estamos sacando también.

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La transversalidad de la lucha supone que no aceptamos, ni ahora ni más adelante, al dinero como único motor o traba de nuestros deseos, rechazamos la deuda, la desigualdad estructural y el tener que ser esposas de alguien para poder comer. Decir Ni Una Menos supone luchar por la prórroga para la jubilación de las amas de casa, el reconocimiento de ese trabajo no remunerado, estamos en la plaza además bajo el grito de 82 % móvil, porque las jubilaciones dignas también son un derecho humano, porque si una jubilada intenta suicidarse en las vías del subte por la presión económica a la que ya no puede hacer frente decimos que ahí también hay violencias y que no las tapamos ni las naturalizamos más.

Ni Una Menos es decir basta de despidos, de ajuste, de explotación, de un salario que jamás le pisa los talones a la inflación, de no saber si se llega a fin de mes, de llorar ante las boletas de los servicios, es exigir paritarias sin techo, es llamar a una huelga general recordando los 50 años del cordobazo. Ni Una Menos es el grito de las afroargentinas, las afrodescendientes y las mujeres negras que la historia oficial, eurocéntrica y colonial, intentó esconder, es expresar con todas las letras que “el candombe no es delito”. Es rechazar las expulsiones a mujeres migrantes y levantar carteles que remarquen lo obvio: migrar tampoco es un delito.

Ni Una Menos es la potencia de un territorio plurinacional, es exigir el derecho a expresar, mantener y transmitir una identidad y una cosmogonía, es rechazar la monocultura, es la voz de las mujeres originarias. Es plantarse ante los modos extractivistas y empresariales de comprender a las naturalezas, es la necesidad de descolonializarnos en cada zona, es también decirle a Bolsonaro que no toleramos su odio. Ni Una Menos es sacar la ficha del lesbotransbiodio de su lugar y decir que acá estamos por nosotras, por las que nos antecedieron y las que vendrán: vivas, libres y felices. Es dejar sin pieza de madera a la mutilación genital en los cuerpos intersex, es frenar la patologización de los cuerpos gordos, es la lucha por una autonomía corporal. Es el grito que dice libertad a las presas políticas (si es que hay presas que no sean políticas) es decirle no a monsanto.

Este jenga feminista va sacando las viejas piezas rancias de la dependencia (válida para maridos o para el FMI), de la obediencia, de la violación naturalizada, del luto individual, del silencio, de las precariedades vitales, de la gestión economicista de las trayectorias mientras repone con ladrillos que hablan de estructuras colectivas, de organización, de dignidades, de independecias, de historización, de descolonización, del saber que estar vivas supone mucho más que respirar, cocinar y parir.

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