un bar, en el barrio en donde vivo, entra cada tanto, un nene que vende paquetitos de pañuelos de papel. Lo llamaremos Juan. Debe tener unos diez, doce años. Viste con ropa en buen estado, limpia; todo su aspecto es el de un chico que mantiene hábitos de limpieza. Además, es muy educado: saluda mesa por mesa y ofrece su mercancía con un lenguaje amable y correcto. Obviamente, la gente del bar lo deja entrar, vender y las personas sentadas a las mesas le compran. Le compran mucho. Todos están encantados con él, con sus modos, su educación. Obviamente.

¿Obviamente? La razón de tanta aceptación está allí, en lo limpio, contento, educado de Juan. Pero Juan está allí para vender pañuelos de papel. Es un niño que trabaja. Que necesita trabajar para ganar unos pesos que le permitan algo a lo que no accede sin tener que trabajar. Juan no debería trabajar porque es un niño. Trabaja porque necesita trabajar ¿Trabalenguas? ¿Complejo? Sí, claro.

A Juan le va bien; los mozos lo dejan pasar y recorrer las mesas, todos en el bar compran sus pañuelos, todos sonríen cuando él los ofrece. Todos chochos con Juan.

Pero, ¿qué pasaría si Juan no fuera ese niño que conocemos? ¿Si fuera otro?

Si en lugar de ese chico tan correcto, el que vendiera los pañuelos fuese Pablo, sucio, con ropas raídas, zapatillas rotas o descalzo, con semblante enojado, triste, hambriento. Si no contara con las palabras adecuadas para ofrecer sus pañuelos y lo que saliera de su boca fuesen increpaciones, súplicas, reclamos.

Tal vez, no lo dejarían entrar al bar y, si al final lo lograse, recibiría hostilidad de parte de los clientes, no muchos le comprarían. No es una situación ajena, la vemos a diario en lugares públicos y privados.

– ¿Por qué se reacciona con rechazo ante Pablo y se acepta a Juan?

– Porque a Pablo se le nota lo pobre.

– Pero Juan es pobre también.

– Pero no se le nota. Juan es educado y limpio. Sonríe y se maneja con amabilidad.

– Los dos lo son, uno de ellos no lo parece.

¿Qué se les está pidiendo? Que no se les note lo pobre. Más o menos en el fondo de sus conciencias, saben que Juan y Pedro sufren carencias básicas, si no, no estarían vendiendo pañuelos de papel ni trabajando. Se les pide que camuflen y oculten su condición precaria. Juan lo logra con éxito. A Pablo le pedirían que se olvide del hambre, del frío y el calor. Que suspenda la frustración y la bronca. La rabia de tener que depender de la caridad, la impotencia de ver arrasados sus derechos de niño. A Pablo se le pediría que sonría, que consiga ropa en buen estado y un par de zapatillas sanas. Y que se bañe y se peine a diario, porque es a diario que tiene que salir a vender. Pero ropa, limpieza, amabilidad, educación y sonrisa para Pablo son lujos caros, a veces inalcanzables. Por eso trabaja, para tener algo que se parezca a la dignidad. Trabaja para tener una existencia digna que no tiene. Se le pide que se presente dignamente cuando sale a trabajar para conseguir dignidad. ¿Trabalenguas? ¿Complejo? Sí, claro. Complejo y, sobre todo, perverso.

Señora, señor, señores, está bien que usted le compre pañuelos a Juan. Pero, cuidado con lo que le demanda a Pablo. Tampoco se haga el boludo con Juan. Si ambos trabajan, es porque están necesitados. No les pida a Pablo y Juan que porten, precisamente, lo que necesitan, lo que merecen. Lo que Pablo y Juan deberían tener por derecho propio y no tienen.

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