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“Me dieron para que guarde y reparta”

Derechos Humanos 28 de enero de 2018 Por
El calvario de Esteban Rossano, el joven de 19 años detenido al voleo y preso durante 42 días. Lo arrestó la Gendarmería. Después le pegaron los agentes penitenciarios y los presos.
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l último mes y medio fue “el peor” de su vida, define Esteban Rossano. Paciente, respetuoso, detallista, desanda esos días en un diálogo con Página/12 pasado el mediodía del sábado. Hace poco que despertó pero sigue cansado. La de ayer fue la primera noche que pasó en su casa desde el 14 de diciembre pasado, cuando lo detuvieron en pleno barrio de Congreso. La madrugada anterior se la pasó, cuenta, “de traslado”. “Me despertaron a la una, me subieron a un camión y me tuvieron dando vueltas hasta las 6 que llegamos a Comodoro Py. Recién a las tres de la tarde más o menos me llevaron con el juez”.

El 14 de diciembre, Esteban había ido a pasear a la Capital Federal con un amigo y quedó en medio de la represión que la Gendarmería ejerció sobre los manifestantes que protestaron contra el recorte jubilatorio. La Gendarmería lo cazó esa tarde. Después el juez federal Claudio Bonadío lo procesó por los supuestos delitos de intimidación pública, atentado a la autoridad y daño. Tras 42 días la Justicia le levantó la prisión preventiva. 

Lo mantuvo encerrado durante 42 días por considerar que podía fugarse. Justo él, un adolescente de 19 años que suele ayudar a su papá en la venta ambulante de garrapiñadas y helado. Tras ser procesado por intimidación pública, atentado a la autoridad y daño, Bonadío le levantó la prisión preventiva. 

“Todo en un toque fue”

Todavía no había empezado el verano. Ese jueves, Esteban metió en su mochila dos pantalones cortos y una camiseta, lo necesario para el partido de fútbol que tendría esa noche, y salió. Junto a un amigo del barrio –viven en el 20 de junio, ubicado en la zona sur de Morón, al oeste del Conurbano bonarense– tomó un colectivo hasta la estación de Morón y el tren hasta Once. Ahí preguntaron qué les convenía tomar para ir hasta “el centro”. El plan original era almorzar en el McDonald’s del Obelisco, pero a ambos les gusta “caminar un rato hasta allá, recorrer, conocer” la ciudad. Las cosas salieron de otra manera. 

“Una señora nos dijo que nos tomáramos el subte, pero que no bajáramos en Congreso, sino una estación antes o una después. No nos dijo por qué y tampoco le preguntamos”, recordó. Le hicieron caso y se bajaron en Sáenz Peña. 

Gases lacrimógenos les dieron la bienvenida. “Estábamos subiendo la escalera cuando se escuchó un estruendo y el aire nos ahogó, no podíamos respirar así que volvimos al andén.” Ahí sospecharon que había protestas, una deducción que Esteban sacó “por lo que la tele siempre muestra, que la gente protesta y que la policía tira gases”. Esperaron unos 10 minutos y lo intentaron nuevamente. Cuando lograron salir a la calle se encontraron “un desastre: todo lleno de piedras, tomas de agua rotas, gente corriendo para todos lados. Un grupo de gente prendiendo fuego tachos de basura”. 

Reemplazaron el plan de ir a comer hamburguesas por el de “ver qué pasaba”. Se quedaron un rato al lado de un camarógrafo de C5N y se alejaron al ratito. “Empezaron a llover piedras.” Avanzaron hacia el Congreso, doblaron hacia la derecha “en una de las calles cercanas, puede ser Callao o Rodríguez Peña”. Esteban no conoce los nombres de las calles. 

“El lío nos llamó la atención pero supongo que es normal que a uno le llame la atención.” Avanzando hacia Corrientes, Esteban y su amigo se cruzaron con un chico que estaba filmando las escenas con su celular y con un hombre y dos señoras con las que pararon a hablar. Las corridas seguían. Estaban metidos en el corazón de la represión de aquella tarde, que recrudeció cuando el presidente de la Cámara de Diputados anunció la suspensión del tratamiento de la reforma previsional. Esteban recuerda que comenzaron a sospechar del ambiente y decidieron regresar al barrio. Además, no podían “colgar mucho”, dice, ya que tenían un partido pautado. 

En eso escucharon un griterío. “Por Mitre, la Gendarmería le estaba pegando a una señora mayor. Así que con el hombre y las dos mujeres que estábamos charlando nos acercamos a pedirles que paren.” 

Los chicos se alejaron rumbo a la avenida Corrientes. No llegaron a hacer más de una cuadra que comenzó la pesadilla. “En Perón asomó un grupo de gendarmes y uno de ellos me señaló y gritó: ‘Ese estaba tirando botellas de vidrio’. Me quedé paralizado. Me dispararon una bala de goma en el brazo, me tiraron al piso y me empezaron a pegar.” Pasó todo en un segundo: el grito, el balazo, las patadas, las esposas. También el desencuentro con su amigo, a quien Esteban no volvió a ver. “Todo en un toque fue.” 

“A la noche”

Del asfalto lo cargaron en un camión de Gendarmería y luego en otro. Esteban le pidió a uno de los efectivos que le revisara la mochila para que le creyera que estaba yendo a jugar a la pelota. El gendarme le sacó la mochila pero no la revisó y el adolescente no volvería a verla hasta varias horas después. Luego preguntó adónde lo llevarían. “Tres veces le pregunté. Me dijo que ya me iba a enterar y nada más”, apuntó. “Tendrían que tener obligación de comunicarnos qué van a hacer con uno, porque la incertidumbre es espantosa y nadie nos dijo nada.” 

Caía la tarde cuando llegaron al Edificio Centinela. Lo supo porque se lo dijo uno de los chicos detenidos que viajaba en la caja del camión de Gendarmería con él. Eran 14 en total y serían 44 al cierre de la cacería que sostuvieron Gendarmería y la Policía Federal por las inmediaciones del Congreso hasta última hora, a puro gas lacrimógeno, balas de goma y palazos. 

Los bajaron y los ubicaron por los pasillos a la espera de las revisiones y las preguntas de rigor. Cuenta Esteban: “Me revisaron todo y me preguntaron qué hacía en la calle. Les insistí con la mochila y me dijeron que ya la iban a traer. Como a las cuatro horas aparecieron la mía y la de la otra gente que estaba en mi situación”. Cuando finalmente la abrieron adelante suyo aparecieron los pantalones, la remera, “una funda de tablet que le había comprado a mi sobrinito” y algo más: “Del fondo, sacaron dos cascotes y cuatro o cinco panfletos políticos todos pisoteados de grupos anarquistas y de Cristina, como si los hubieran agarrado del piso. Yo les dije que eso no era mío y el gendarme me corrió con que lo estaba acusando”. 

Minutos más tarde le dieron su teléfono celular. No quiso llamar a su papá, con quien vive, porque no quería asustarlo. Probó con Jonathan, uno de sus hermanos, a quien le explicó que lo tenía Gendarmería y que le dijera a su papá que estaba en lo de un primo. “Si total, a la noche ya estoy en casa”,dijo que pensó. “Si no había hecho nada, no había roto nada, no tenía nada que ver...”. Se equivocó. Pasó esa noche en el Centinela junto al resto de los que habían corrido su misma suerte. Durmió en un colchón en el piso custodiado por un gendarme. Le dieron de comer y, después de muchos pedidos, lo dejaron ir al baño.

“Vas a ver”

Recién al otro día lo llevaron a a declarar a Comodoro Py. Le recibió testimonio el secretario del juzgado, quien basó su cuestionario en las razones que habían puesto a Esteban en plena represión. Su abogado Adrián Albor amplió el abanico informativo en el expediente. Le hizo al adolescente contar su vida. Que terminó la secundaria, que trabaja con su papá vendiendo golosinas en la parada del colectivo 236, en la estación de Morón y que había intentado, semanas antes de que lo detuvieran, ingresar al Ejército. “Di todos los exámenes en Campo de Mayo.” Se enteró de que no había quedado seleccionado en pleno encierro. La noche del 15 de diciembre la pasó en la cárcel que funciona en los Tribunales. Ahí supo también que la Justicia le había negado la excarcelación junto a otras cinco personas. “Me quería matar. ¿Cómo podía ser si no había hecho nada?” 

De ahí fue trasladado a la unidad 28 que funciona en el Centro de Detención Judicial, microcentro. En la madrugada del miércoles fue llevado a la unidad 24 de adultos jóvenes que funciona en Marcos Paz, donde vivió una verdadera pesadilla. Porque los del Servicio penitenciario que acompañaron su traslado le pegaron, pero en el ingreso a la cárcel “me dieron para que guarde y reparta frente al director de la unidad y los doctores en a requisa”. 

“Me pegaban piñas en las costillas, en el estómago, en la espalda. Me decían: ‘¿Así que vos sos el piquetero que tira piedras para lastimar a mis compañeros?’. Me preguntaban si tenía causas y se burlaban de que nunca pisé una comisaría. ‘Ah, ahora vas a conocer lo que es esto’, me decían.” 

Terminada la recepción de los penitenciarios empezó la de los presos. Los compañeros del Pabellón E también lo golpearon “a la vista de los encargados” y le pedían plata. Permaneció tres días y tres noches en el pabellón E de la Unidad 24 hasta que tuvo una entrevista con “unas señoras de derechos humanos” que insistieron en su traslado. Pasó por el Pabellón H, en donde también sufrió agresiones, hasta que a la semana siguiente lo llevaron a la Unidad 26 del mismo centro carcelario. Ahí lo recibió el Chino, un pibe que le convidó comida, le prestó ropa y le confió que “lo importante” en ese lugar era la buena conducta, la limpieza y el orden “para que los guardias no te peguen”. 

La Navidad la pasó en la Unidad 24. El Año nuevo en la 26. Esos días su papá lo fue a visitar al mediodía. El resto, habló por teléfono a diario. En una de sus visitas, Pablo le llevó una pulserita del Gauchito Gil que era de su madre, Norma, quien falleció hace un año. Se la hicieron sacar en la requisa y acabó perdiéndola. Sin embargo, en algo le ayudó. 

“Fijate”

El viernes 26 a la una de la madrugada lo despertó un guardia y le dijo que lo iban a trasladar. “Nadie me dijo nada de qué pasaba. Me tuvieron hasta las 6 dando vueltas hasta que vi que llegamos a Comodoro Py.” Lo bajaron del camión y lo depositaron en “las rejas” de los tribunales, como le llama a la cárcel que allì funciona. Hasta las 15 esperó, “nervioso, con miedo, no entendía nada y no tenía a mi abogado cerca”, describió. Entonces, lo llevaron a ver al juez, quien le anunció que se iba a su casa. “Le dije que gracias. Me palmeó el hombro y me dijo: ‘La próxima vez fijate por dónde andás.” 

A pesar de que su sueño siempre fue “defender a la patria”, Esteban no cree que vuelva a intentar ingresar al Ejército. Le quedó “una mala espina” desde la represión del 14. Dice: “No estamos viviendo en democracia. Me tuvieron detenido 42 días mientras me investigaban por algo que no cometí. Y todavía soy sospechoso. No me parece justo para nada”

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