Que la dignidad sea costumbre

Derechos Humanos 22 de febrero de 2018 Por
Allí, sobre la 9 de Julio hay gente que cuenta historias en las que se mezclan el miedo, la nostalgia y hasta la ironía. La voz de Moyano suena muy a lo lejos y abajo del palco se escuchan, junto a la marchita y Los Redondos, gente de a pie que no se resigna.
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Escribe Diego Pietrafesa / Fotos: Simón Chávez

Che, ¿ese que habla es Moyano? No se escucha”.

En 9 de Julio y México, a dos cuadras del palco, la pregunta irrumpe como diagnóstico y metáfora. Por cuestiones de sonido o de estrategia política, las palabras del líder sindical no tienen la contundencia que el marco requiere. Pasadas las tres de la tarde, hay gente hasta más allá de Carlos Calvo. Casi seis cuadras sobre la avenida más ancha del mundo, con predominio camionero solo en los primeros ciento cincuenta metros, en la franja central del Metrobus.

La marcha peronista indica que algo está pasando allá lejos. Y es que el acto terminó. Muchos -pero no todos- se saben la letra y la cantan hasta el final. Más unánime es el coro de “Jijiji” de Los Redonditos de Ricota, el tema que le sigue a la voz de Hugo del Carril. “No lo voteeeeeeeeeee, yeeeeeeeheeee”, ensayan algunos en el estribillo. La versión todavía no parece imponerse en el cancionero.

El acto tiene un arriba y un abajo, pero más los de arriba que los de abajo están separados por (táchese lo que no corresponda) calidad de ropa, tipo de vehículo con el que se llegó a la cita, legítima representatividad, situación patrimonial y prontuario. A ras del suelo la división es más contundente: los que tienen trabajo y los que no. Entre los desempleados, Andrés Kastner puede jactarse de haber recibido el telegrama de despido el mismo día de la convocatoria. La nota color titularía “Se quedó sin trabajo el día de la marcha de los trabajadores”, pero en los tiempos que corren ni el destino ni la prensa fácil se demoran en sutilezas.

“Hoy me llegó el aviso, pero en realidad me quedé afuera del INTI el 26 de enero, solo que entonces nadie me lo avisó oficialmente”, cuenta el técnico mecánico, uno de los encargados de la Sala de Alta Tensión, que calibra instrumental para grandes fábricas. Hasta la llegada del cartero sólo rumores de la oficina de Recursos Humanos lo señalaban como “conflictivo” y eso bastó para echarlo tras 15 años de trayectoria. Fichaba todos los días, cumplía con la carga horaria, cobraba presentismo y en la evaluación del año pasado los mismos que ahora le quitan el puesto le habían otorgado calificaciones por encima de los 8 puntos. Andrés, como casi 200 de los 258 despedidos del INTI, tiene militancia gremial de base. “Nos limpian para hacer luego y sin resistencia el ajuste mayor, se quieren sacar de encima a la mitad de la gente”, concluye.

La geografía del lugar plantea una disyuntiva socio gastronómica: si es cierto que todos vinieron por un choripán gratis, una treintena de parrillas venden sus manjares a largas filas de extras. Quienes insisten con la teoría del embutido populista no deben haber estado recientemente en marcha alguna. De lo contrario, hubieran advertido la irrupción de puestos como el de José y Magdalena. Cortan salame a cuchillo, filetean el queso de la horma, agregan pan y por cuarenta pesos sacuden el mercado callejero, que ofrece a 60 la hamburguesa y a 80 la bondiola.

“Yo vendía chipa en el Mercado Central y alcanzaba para mantener a la familia”, explica José y acentúa chipa en la “i”. Es argentino, vivió en Encarnación, Paraguay, de allí regresó a fines de 2000. No especifica fecha alguna en el calendario pero refiere claramente a un tiempo pretérito determinado. “Antes estaba mejor, claro que sí, ahora con estas changas apenas sobrevivimos”, cuenta.  Deja para el final su angustia mayor: “Mirá si me sacan la atención de mi pibe de 7 años, eso andan diciendo, ¿no? Tiene autismo y escuché que los discapacitados se quedarían sin ayuda”.

Me gustaría decirle que no crea en todo lo que escucha, pero dejo cuatro billetes de diez y me voy rápido de su altarcito de tablón, sin demasiado ánimo. Me auxilia una leyenda potente, impresa en el dorso de unas remeras: “Motokeros, la caballería del pueblo”. Son miembros del sindicato de los trabajadores sobre dos ruedas. Mario Robles, su secretario general, define a los suyos sin pompa: “Somos los caídos del sistema, laburamos en negro en medio de una competencia feroz; cualquiera que cobra una indemnización se compra una moto para ganarse el mango, hay más trabajadores informales pero menos trabajo para repartir”. Mario no reprocha nada a nadie. Él hizo lo mismo cuando en 1999 lo echaron de una farmacia.

Sara y Liliana transpiran un poco. Y tienen motivos. Están con su uniforme de gala, los guardapolvos blancos, y hace tres horas el calor las trata como si el sol también fuera oficialista. Son docentes de Merlo, integran la columna del SUTEBA. “Paritarias no va a haber, es una trampa de Vidal”, asegura una. “No tenemos nada, el Estado nos abandona, mantenemos la escuela con el aporte de la cooperadora, donaciones de los padres y plata de los propios maestros”, agrega otra. La realidad en los barrios tiene su propio índice de desempleo y costo de vida. Describe Sara que “vemos cada vez más puestos de tortillas en la parada de los colectivos, tenemos cada vez más chicos en el comedor”.

Pero las mujeres sonríen. Levantan la pancarta que llevaron y es como si la jornada no hubiera tenido que concluir sin mejor mandato que la consigna del cartel: Lucha hasta que la dignidad se haga costumbre.

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