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Crónica de un día con Memoria

Derechos Humanos 10 de abril de 2018 Por
El Centro Universitario Trenque Lauquen de La Plata organizó una jornada de reflexión bajo el nombre "El CUTL no olvida", que contó con la presencia de Gustavo Pettiná, hermano del desaparecido Rodolfo.
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Por Pamela Pía López

La lluvia amenazaba la tarde de sábado. El clima no quizo acompañar al evento, pero las chicas del Centro de Estudiantes de Trenque Lauquen se esmeraron para que las tortas fritas acompañen al clima. Hacía más de 3 semanas venían pensando -y trabajando-, para que se concrete la jornada de reflexión llamada “El CUTL no olvida”.

Hace años existe la necesaria voluntad de compartir con los/as jóvenes que llegan a estudiar, las historias que esconden las paredes del Centro Universitario de Trenque Lauquen. El Centro, -conocido popularmente como CUTL-, se creó como residencia estudiantil en la década del 70, con el objetivo de que jóvenes trenquelauquenses que no contaran con recursos económicos para alquilar tuvieran un albergue en la ciudad de La Plata y puedan estudiar una carrera universitaria.

Desde el primer día, el Centro de Estudiantes ha estado permeado por la historia del país. Los contextos han socavado en lo más profundo de cada rincón de la casa, que no solo contuvo anécdotas, risas y llantos sino también la historia viva de nuestro pueblo.

Durante los años 70, la parte más oscura de la historia de nuestra patria también vistió de luto al CUTL. La madrugada del 15 de junio se llevaron detenidos a tres jóvenes que vivían en la residencia de la calle 41 de La Plata. Héctor Manazzi, Ricardo Sangla y Rodolfo Pettiná fueron secuestrados por un grupo armado de la dictadura cívico-militar presidida por Videla y al día de hoy se encuentran desaparecidos.

Cerca de las 4 de la tarde empezaron a llegar algunas de las personas que vivieron años anteriores en el CUTL. El clima de compañerismo se hizo notar de inmediato, mientras algunas chicas preparaban las tortafritas, otras ponían a disposición sus equipos de mate, otros acomodaban la mesa, las sillas y se discutía si era mejor hacer la charla afuera o adentro de la casa.

Aunque las amenazas de lluvia eran constantes, la humedad no daba tregua y se decidió montar la charla en el patio interno del CUTL, al lado del mural que se pintó en el año 2014 y que conmemora la fundación de La Casa y los compañeros desaparecidos.

A los pocos minutos de finalizar la organización, ya con las tortafritas en la mesa y el mate listo para empezar, golpean la puerta. Era la persona que nos acompañaría durante la jornada y quienes nos compartiría cómo vivió la historia en carne propia: Gustavo Pettiná, hermano de Rodolfo.

Gustavo llegó caminando con su compañera Cecilia, la mujer que conoció mientras vivía en el CUTL, su esposa, madre de sus 6 hijos y compañera de cada marcha y cada evento. Ambos atravesaron el hall de la casa dónde se encuentran las placas de los compañeros desaparecidos y fotos de décadas anteriores. Con una memoria implacable, de cada foto podía contarnos su anécdota.

Atravesó el pasillo sin mirar para el lado de las habitaciones, y aunque eran más de 15 quienes estaban, tuvo el gesto de saludar con un beso a cada uno. Se quitó su campera de River y se sentó en una de las sillas que estaban reservadas para ellos. “Ah, pero se la jugaron con tortas fritas y todo che”- dijo mientras miraba agradecido la mesa. Las chicas comenzaron a reírse con timidez, mientras contaban quién amasó, quiénes fritaron y quiénes sirvieron.

“Éstoy muy triste, solo vengo porque son ustedes, en ésta casa y celebro que se junten a recordar las cosas que pasaron” dijo Gustavo con los ojos inundados en tristeza y fijos en el mural que, ya añejo y dañado por la humedad, perpetuó el rostro de su hermano en una de las paredes del Centro.

“Justo estábamos hablando de cómo podemos hacer para juntar la plata para arreglarlo” Intentó consolarlo una de las compañeras, casi con vergüenza por las condiciones en las que está el mural.

“El Estado tendría que darles la plata para el mural. Para ésto y para todo lo que se quiera hacer sobre los derechos humanos, si a mi hermano se lo llevó el Estado, no es que se lo llevó una cosa ahí invisible. No. No. Se lo llevó el Estado, a él y a todos los desaparecidos” refutó Pettiná.

Para ese entonces, a más de uno se les estremeció la piel. El mural decía muchas cosas, pero nada se comparaba a tener en frente a un hombre que hace más de 40 años espera a su hermano.

Uno de los jóvenes le pidió que cuente la historia de su hermano. Gustavo, con la voz inundada de bronca y dolor, pero con mucho respeto respondió: “Yo no les puedo contar la historia de mi hermano ¿Qué les voy a contar? Sé lo mismo que ustedes. Que entraron tres autos en contra manno, tiraron la puerta a patadas y se llevaron a mi hermano y dos pibes más. No sé nada más. Nunca supimos nada más. La historia de mi hermano no te la puedo contar porque me lo arrancaron cuando yo tenía 11 años y sé lo mismo que saben todos. Yo solo les puedo contar mi historia, que era muy chico cuando lo desaparecieron y que no quiero ni puedo olvidarme de eso. Me lo arrancaron muy chico y eso es lo que más me duele. Me faltó vivir tanto con mi hermano. En su momento pensé lo que pensaban todos, que lo iban a tener secuestrado un mes o dos meses y después lo devolvían, pero no los devolvieron más”.

La charla se convirtió en un silencio que pareció eterno. Quizás había más dudas, pero algo había quedado claro, el dolor era enorme  y compartido. El silencio sólo fue el bruto intento de querer respetar el dolor. Gustavo entendió al momento lo que pasaba y tiró algunos chistes.

Mientras se paraba a buscar tortafritas agregó: “Yo me puedo sumar a colaborar con lo que haga falta para que arreglemos el mural, y para lo que necesiten. Para mi ésta casa es sagrada. Sagradísima. Acá además de vivir mi hermano, viví yo, como en el 86. Acá conocí a mi mujer, hice un montón de amigos. Pasé muchas cosas acá”.

Para la segunda vuelta de mate, más de uno había encendido un cigarro, Gustavo y Cecilia habían compartido unas cuantas anécdotas de sus años de juventud. Las risas, por momentos, aplacaba ese aire de ausencia y dolor que envolvía el ambiente.

Al volver al tema de Rodolfo, Gustavo se volvió a poner triste. No lo dijo, pero se notaba en sus ojos. Habló de la actualidad y de lo mal que ve el país. Le preguntó a los/as chicos/as qué estudiaban, cómo iban, cómo estaban en la casa, entre otras cosas. La nobleza y la humildad de Gustavo deslumbra a cualquiera. La ternura se mezcla con la tristeza cuando le dice a uno de los chicos: “era como cualquiera de ustedes, eso de la guerra fue una mentira, ¿qué armas tenían? ¿una lapicera y dos libros? Claro. Le molestaban los libros, por eso los quemaban, como a éste gobierno les molesta las netbooks, y por eso la sacan”.

La reflexión pasó de la dictadura, a la educación, la convivencia, el país. Poco antes de que anochezca, la charla parecía haber terminado. Gustavo agregó que esos espacios, una charla, un mate es lo que hace que seamos más compañeros.

Uno de los chicos le preguntó, cómo para terminar, qué hacer, con qué mensaje quedarse de los compañeros que se llevó la dictadura. Gustavo rió: “No sé si contestarte porque después van a decir que vengo a hacer política. Jajajaja. Pero eso es mentira. “Mirá, lo mejor que pueden hacer por los compañeros es no olvidarlos”

Gustavo y Cecilia se fueron, quienes no vivían ahí también. Sin embargo, en las paredes de la casa se coló como un recuerdo éste día. El día que ejercitamos la memoria, que en tiempos tan hostíles, tanta falta nos hace. Recordar, para no repetir. No olvidar, para resistir.

          

Foto: Virginia García

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