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Las pibas conducen: ¿nosotros qué hacemos?

Géneros 16 de julio de 2018 Por
En medio de la “ola verde”, una andanada de opiniones machistas nos motiva a realizar una reflexión sobre el feminismo. No tanto sobre qué es, cómo anda ni hacia dónde va, sino respecto a pensar nuestras tareas en el proceso de construcción de un mundo feminista.
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Por Jorge Giordano y Juan Manuel Ciucci

La humanidad antipatriarcal está en construcción, en un proceso que ocurre en paralelo a la deconstrucción de concepciones machistas arrastradas desde hace siglos. No existen recetas para transitar esta transformación, y tanto la visibilización de referentes generacionales previos como la bibliografía que aborda la cuestión se encuentra escasamente difundida. Nos queda la esfera de las prácticas que construimos día a día, especialmente en ámbitos militantes que en la actualidad se encuentran, afortunadamente, obligados a repensarse.

Con la humildad de sentirnos parte de este proceso de despatriarcalización de la sociedad, planteamos algunos puntos que intentan ser un aporte a la discusión sobre nuestro rol:

- Está claro que son las pibas las que conducen el feminismo. El momento histórico que atravesamos en nuestro país y el mundo da cuenta de la importancia que toma (una vez más) el movimiento feminista, con demandas concretas y una organización que amenaza con romper la histórica dominación patriarcal. No sólo amenaza, sino que avanza con pasos firmes. “Vienen por todo”, escuchamos en boca de algunos varones que temen una especie de revancha.

Ante este escenario de avance, nuestro lugar es el de acompañar al movimiento, contribuir a la construcción de esta nueva humanidad e impedir que sectores retardatarios frenen su impulso. Eso nos quita del lugar de conducción y visibilidad al que estamos acostumbrados: de eso se trata esto, de desprivilegiarnos. Muchos varones van (vamos) a “perder” lugares de mayor o menor poder. Pasando en limpio: de cara a las elecciones, compañeros varones van a ver una fuerte disminución de la cantidad de lugares en las listas y en la composición de los posibles gobiernos, desde concejales, hasta secretarios, ministros y las fórmulas que aspiran al Poder Ejecutivo. En simultáneo, cada día más sitios de relevancia y referencia serán ocupados por compañeras en las organizaciones políticas, sindicales y sociales.

- Este desprivilegiarse no consta solamente de rechazar las violencias más explícitas o cumplir con cupos de género, sino, como primera instancia, de esforzarnos activamente por comprender la cantidad de limitaciones que el patriarcado nos impone tanto a mujeres como varones. Numerosas compañeras militantes han mecionado el siguiente ejemplo. No sólo sienten que la palabra de los hombres tiene más peso y es más tenida en cuenta sino que, como contracara, ellas mismas ejercen una censura previa. Así, cuando se habla de algún tema en particular del que nadie tiene demasiado conocimiento, un varón se siente mucho más proclive a participar, aún a riesgo de estar equivocado. Esto es mucho menos frecuente en las militantes. Una compañera muy lúcida describió perfectamente este fenómeno: “nosotras también queremos tener el derecho a decir boludeces”. Es importante tener políticas activas (resaltando la cuestión de “activas”) que fomenten la circulación igualitaria de la palabra, posibilitando una participación y formación real.

Otro tema recurrente en donde se evidencia el peso del patriarcado: ¿quiénes ejercen las tareas de limpieza y alimentación en una reunión o actividad?. Incluso en organizaciones en donde la discusión feminista se encuentra un poco más avanzada, en general es un rol que ocupan las mujeres. En muchas oportunidades, las compañeras remarcan la situación y los varones “colaboran”. Pero existe un mandato impuesto sobre las mujeres por el patriarcado respecto a las “tareas domésticas” que debe ser reconocido por nosotros y combatido. Ni siquiera deberían pedírnoslo. Esto mismo debe ser trasladado fuera de los ámbitos políticos hacia las esferas personales (que, claro, también son políticas).

- El patriarcado debe caer. Así como la militancia busca nuevos caminos económicos que logren superar la explotación humana, reconocemos que la dominación patriarcal va de la mano con el sistema actual de explotación del hombre por el hombre, y de todos hacia quienes no son varones cis. Quienes queremos una Patria Justa, Libre y Soberana debemos militar activamente para derrocar al patriarcado.

Como marcamos al principio, la deconstrucción del mundo machista es un proceso y no sucede de un momento a otro. Ese machismo se encuentra tan entrelazado con nuestra cosmovisión del mundo que pone de relieve un fuerte quiebre generacional. Muchísimos militantes de causas justas, a quienes consideramos compañeros históricos e indudables, no perciben aún la magnitud del cambio que se avecina. La juventud que hoy en día crece en medio de este nuevo clima será la encargada de sepultar el patriarcado.

- No debemos asustarnos ni ser reaccionarios. Ante lo que desconocemos, y que sabemos nos quitará muchos de nuestros privilegios, parece la norma reaccionar con ataques o ninguneos. Es una de las actitudes más comunes: los cuestionamientos a tendencias del feminismo que son caracterizadas como “excesivas” normalmente provienen de varones asustados. Ese no es nuestro rol, sino la profundización de los cuestionamientos sobre nuestras actitudes patriarcales para su transformación. Tenemos pendiente mucha (remarcamos: mucha) autocrítica. Hay que dar tiempo y apoyar lo que está naciendo. Todo proceso emancipador necesita en su génesis de toda la ayuda que pueda brindársele.

- No podemos tener una actitud pasiva frente a los ataques misóginos y retrógrados. Ante la reacción patriarcal que intenta frenar este proceso, debemos asumir una voz pública que tienda a explicar lo que sucede a otros hombres que ataquen. Los propios varones debemos confrontar esas actitudes, desligando a las compañeras del choque constante y visibilizándonos, frente a los varones patriarcales, como varones que proponemos otra manera de concebir el mundo. Esto implica, por supuesto, encontrar maneras inteligentes de persuadir dentro de nuestros ámbitos de influencia: amigos, familiares, compañeros de trabajo.  

- Algunos planteos de sectores peronistas encuadran al feminismo como una cuestión “secundaria” frente a problemáticas “centrales” como la economía y, actualmente, el acuerdo con el FMI. Las limitaciones que puede tener un movimiento como el feminismo a la hora de pensar la economía son las mismas que tiene el movimiento nacional y popular del que formamos parte. Nuestro problema económico principal, que se centra en la restricción externa y la industrialización truncada, estaba tan desatendido “antes del feminismo” como ahora.

Por otro lado, la mitad de la población es mujer. La mitad de la población, incluso durante el peronismo, vivió bajo un status de inferioridad respecto al hombre. Anclada a su esposo obligatorio, a su maternidad obligatoria, a sus limitadas posibilidades para desarrollarse en el estudio y el trabajo. El hombre fue mandatado en sentido inverso: desligado emocionalmente, obligado a proveer a su familia y a comportarse como un depredador sexual. Hoy en día el movimiento feminista ha decidido no tolerar más esta situación.

- Como en otros movimientos históricos, existen discusiones dentro del feminismo entre posturas más “populares” y otras más “liberales”. Pensar que la ola feminista es sólo clasemediera es realizar un análisis errado, como considerar que los sectores populares “siguen siendo peronistas” o suponer que la clase obrera es de por sí revolucionaria. No se puede obviar el crecimiento del movimiento feminista dentro del sindicalismo, reflejado en construcciones como “Mujeres Sindicalistas” en la CGT. Tampoco desconocer que en muchos barrios casi no hay padres, y las madres jóvenes deben arreglárselas como pueden, sin posibilidad de estudiar ni trabajar. O ignorar que otras tantas jóvenes, que no desean ser madres, tienen que inventar que fueron violadas para poder interrumpir su embarazo en los hospitales públicos. Se nos ocurren pocas situaciones más indignas y menos peronistas que estas.

Las reacciones que se alzan frente al feminismo tienen más olor a la Alianza Libertadora Nacionalista que al General Perón que “hacía lo que el Pueblo quería”, según sus propias palabras. En medio de un contexto como el actual, en donde la discusión sobre el feminismo interpela en las reuniones barriales, fábricas, sindicatos, almuerzo de familia y los programas de televisión más masivos, el General Perón no se hubiera quedado de brazos cruzados. Como militantes, debemos comprender e interiorizar de una vez por todas que feminismo es sinónimo de justicia social.

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